Hay momentos en la vida en los que nuestro cuerpo se debilita, nuestras fuerzas desaparecen y el dolor parece ocupar cada espacio de nuestra vida. Hay momentos en los que recibimos un diagnóstico que nos llena de preguntas, miedo e incertidumbre.
Pero es precisamente en esos momentos cuando debemos recordar una verdad poderosa:
Dios sigue siendo Dios.
Cuando ya no sabemos qué hacer, podemos correr a la presencia de Dios. Cuando las fuerzas se terminan, podemos levantar nuestra voz y clamar a Él. Cuando el diagnóstico nos preocupa, podemos poner nuestra confianza en las manos de Aquel que conoce nuestro cuerpo, nuestro corazón y cada detalle de nuestra vida.
Dios no se ha olvidado de ti.
Quizás llevas meses o incluso años luchando con una enfermedad. Quizás has llorado en secreto. Quizás has orado una y otra vez y todavía estás esperando una respuesta.
No dejes de clamar. No dejes de creer. No dejes de buscar a Dios.
La Biblia nos revela a Dios como Jehová-Rapha, el Dios que sana. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos de los siglos. Su poder no ha cambiado, Su misericordia no ha cambiado y Su amor por nosotros tampoco ha cambiado.
Cuando miramos las Escrituras encontramos una y otra vez al Dios que interviene en medio del dolor.
Jesús tocó al leproso y lo limpió. Le dio vista a los ciegos. Hizo caminar a los paralíticos. Sanó a la mujer que llevaba doce años padeciendo de flujo de sangre. Sanó a la hija de Jairo. Hizo hablar a los mudos. Y cuando Lázaro llevaba cuatro días en la tumba, Jesús llegó y dijo:
“¡Lázaro, ven fuera!”
Y aquel que estaba muerto volvió a vivir. !Alabado sea el Nombre de Jesús!
¿Por qué? Porque para Dios no hay nada imposible.
Tal vez hoy estás enfrentando algo que humanamente parece imposible. Tal vez los médicos no tienen todas las respuestas. Tal vez estás cansado de esperar.
Recuerda: Tu situación no es más grande que Dios.
Eso no significa que ignoremos el proceso, ni que dejemos de buscar atención médica o de seguir los tratamientos que necesitamos. Significa que, mientras hacemos nuestra parte, ponemos nuestra confianza en Dios y reconocemos que nuestra vida está en Sus manos poderosa.
Ora por tu sanidad. Ora por tu familia. Ora por tus hijos. Ora por tus padres. Sigue orando. Ora por los enfermos. Ora por aquellos que han perdido la esperanza. Ora por tus hijos. Ora por tu finanzas. Y cuando ores, hazlo con fe. Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos.Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos11:1-3). Dios está en control.
No porque tengamos control sobre lo que sucederá, sino porque confiamos en Aquel que sí tiene el control.
Hay días en los que nuestra fe será fuerte y habrá otros días en los que solamente podremos decir: “Señor, ayúdame en esto”.
Y aun esa oración es una oración de fe.
Porque cuando no tienes fuerzas para correr, puedes caminar hacia Dios. Cuando no tienes fuerzas para caminar, puedes arrastrarte hacia Su presencia. Y cuando ni siquiera puedas hablar, recuerda que Dios conoce las lágrimas que salen de tus ojos. Él te escucha.
La Palabra de Dios dice:
“Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.” 3 Juan 1:2
Y también declara:
“Mas a Jehová vuestro Dios serviréis, y Él bendecirá tu pan y tus aguas; y Yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti.” Éxodo 23:25 — RV60
Y una de las promesas más poderosas que encontramos en Isaías dice:
“Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él. y por Su llaga fuimos nosotros curados.” Isaías 53:5 — RV60
Por eso hoy quiero animarte: No sueltes tu fe. Solo cree.
Aunque estés esperando. Aunque estés llorando. Aunque no entiendas el proceso. Aunque todavía no veas el milagro.
Sigue creyendo en Dios.
El milagro puede llegar de una manera que esperabas o de una manera que nunca imaginaste. Pero, sobre todas las cosas, recuerda que Dios permanece contigo en cada etapa del camino. Él es Fiel y Verdadero.
Tu enfermedad no define quién eres. Tu diagnóstico no tiene la última palabra sobre tu vida. El Padre celestial tiene la última palabra.
Así que levanta tus ojos al cielo y dile:
Señor, aquí estoy. No tengo todas las respuestas, pero confío en Ti. Mi cuerpo está en Tus manos. Mi familia está en Tus manos. Mi futuro está en Tus manos. Yo creo en Tu poder y descanso en Tu amor. Tú eres mi paz
Y hoy declaramos:
Jehová-Rapha es nuestro Dios. Nuestro Sanador, el Dios que Sana.
El Dios que sana. El Dios que restaura. El Dios que fortalece. El Dios que consuela. El Dios que sostiene. El Dios que nunca nos abandona: Jesús
Gracias, Padre Eterno. Gracias, Jesús de Nazaret. Gracias, Espíritu Santo de Dios. Jehová-Rapha: El Dios que Sana
Gracias porque escuchas cuando clamamos tu Nombre. Gracias porque permaneces con nosotros en medio del valle. Gracias porque nuestras vidas están en Tus manos. No estoy sola/ no estoy solo. Yo creo en Ti, Señor. Yo confío en Ti, Señor. Mi esperanza está puesta en Ti.
Y aunque hoy esté pasando por un proceso, no voy a dejar de buscarte, no voy a dejar de adorarte y no voy a dejar de confiar en Ti. Te creo Padre Eterno, porque Tú eres Jehová-Rapha. El Dios que sana.
En el Nombre poderoso de Jesús.
Amén. www.ministeriosdesanidad.com
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